PANAMÁ VS. MÉXICO: Análisis con Roberto Nurse
- Sports Arenas
- 24 ene
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Hay partidos que, aun vestidos de amistosos, funcionan como radiografías. No por el marcador, sino por lo que revelan cuando el ruido es bajo y la urgencia todavía no aprieta. El Panamá–México disputado en el Estadio Rommel Fernández entra en esa categoría: un juego de márgenes cortos que habló más sobre procesos que sobre jerarquías.

Los hechos: debutaron perfiles nuevos, el gol llegó en compensación y el plan fue sostener la estructura sin exponerse. La lectura de fondo es que ambas selecciones quieren ensayar para llegar armadas al calendario que importa, no al aplauso inmediato.
Ese enfoque explica la cautela del trámite. El partido fue táctico, medido, con errores escasos y riesgos calculados. México generó más aproximaciones, mientras que las de Panamá son difíciles de numerar. El desenlace, un autogol en tiempo añadido, no altera la esencia del análisis: el juego se resolvió por un solo detalle, no de forma abismal.
Aquí aparece una idea que vale la pena discutir sin consignas: el crecimiento de Panamá es real, pero el parámetro no puede ser únicamente “se le complica a México”, la misma frase que se menciona ante cualquier rival de nivel internacional.
En voz de Roberto Nurse, nacido en territorio mexicano, pero exseleccionado nacional panameño, el diagnóstico fue honesto: las distancias se han acortado, sí; el equilibrio histórico, todavía no. Llamarle “clásico” exige paridad sostenida, no solo partidos cerrados. Es una precisión incómoda, pero necesaria.
La conversación posterior, más allá de este partido, también aportó contexto sobre lo que se están preparando. Nurse compartió una advertencia pertinente para las nuevas generaciones que se juegan su lugar en las listas definitivas: prepararse más, decidir mejor y reducir riesgos.
Para México, el aprendizaje tiene dos capas. La primera es futbolística: encontrar soluciones cuando el rival no concede espacios, afinar decisiones en el último tercio y sostener la calma cuando el gol no aparece. La segunda es de gestión del proceso: entender que probar juventud no es un acto simbólico, sino una inversión que se paga con paciencia. Javier Aguirre fue explícito al fijar el horizonte: junio es el destino, fecha que demostrará si el tiempo trabajado fue bien invertido o salió caro.
Para Panamá, el partido confirma una identidad competitiva y deja tareas claras. El equipo compite desde zona baja, administra el riesgo y sabe incomodar por lapsos. El siguiente paso no es resistir mejor, sino convertir ese orden en amenaza sostenida. En la Concacaf, el salto de calidad se medirá entre los que tienen la capacidad de emparejar los partidos ante quienes pueden sacarle resultados al llamado "gigante de la confederación".
Mi postura es clara: este amistoso no debe usarse para descalificar procesos, pero mucho menos para inflar expectativas. En cambio, sirve para calibrar. México mostró que buscará competir a partir del orden, pero de ahí no parece tener un amplio abanico de alternativas. Por su parte, Panamá confirmó que su crecimiento es sostenido y que el siguiente paso exige convertir su competitividad en dominio. El marcador fue mínimo. La lectura, más de lo mismo.
La pregunta que queda abierta no es si el resultado fue justo, sino qué hará cada selección con lo que vio de sí misma cuando el reloj apretó. En esa respuesta, empieza el verdadero análisis de estos juegos.


